La idea de que el cerebro adolescente es incapaz de hacer planes a largo plazo porque su corteza prefrontal es aún inmadura podría no ser cierta. “Nuestros hallazgos indican que la corteza prefrontal de los adolescente no es muy diferente de la de los adultos”, explica la psiquiatra Beatriz Luna, de la Universidad de Pittsburgh, que participa estos días en la reunión anual de la Academia Americana de Neurología. Y uno de los temas de discusión ha sido precisamente el cerebro adolescente.

Sin embargo, sí es cierto que los quinceañeros pueden tener más dificultades para cumplir sus propósitos, porque la corteza prefrontal, aunque madura, “pueden ser fácilmente anulada por los centros de motivación que están intensificados en sus cerebros”, aclara Luna. Al parecer los adolescentes tienen una explosiva mezcla de control ejecutivo recién adquirido más una dosis extra de recompensa que les conduce hacia la gratificación inmediata.

Luna, que además es pediatra, ha llegado a esa conclusión utilizado un elegante modelo, para estudiar a cientos de jóvenes simplemente mirándoles, literalmente, a los ojos. Y no precisamente para averiguar si eran sinceros en sus respuestas. En realidad estaba pendiente de un tipo particular de movimientos oculares, denominados sacádicos, que dan pistas sobre la función ejecutiva, que tiene lugar en la corteza prefrontal. Así ha podido examinar el desarrollo del cerebro durante la transición entre la niñez y la edad adulta.

En los experimentos, a los jóvenes voluntarios se les instruye para apartar inmediatamente la mirada de una pequeña luz que aparece al azar en una pantalla frente a ellos. Esta prueba “anti-sacadas” muestra si el cerebro es capaz de involucrar a los centros de planificación de la corteza prefrontal para superar el impulso de mirar hacia la luz en lugar apartar la vista de ella.

Luna ya había hecho estudios previamente y sabía que conseguir lo que se pide en la prueba va variando con la edad. Los niños tienen éxito en la mitad de sus intentos, los adolescentes en el 70% y los adultos en un 90%. A las personas con enfermedades mentales normalmente les cuesta llevar a cabo esta tarea.

Con su equipo Luna estudió el cerebro de los voluntarios con resonancia magnética funcional mientras intentaban evitar la luz en la. Y así vieron que gran parte de la arquitectura del cerebro maduro está presente en los adolescentes. Sin embargo, la capacidad de las redes para comunicarse entre sí e integrar la información no está aún a pleno rendimiento, sino en formación.

“El afianzamiento de esta red con la edad es probablemente lo que permite que los adultos adapten rápidamente su comportamiento a las circunstancias cambiantes, algo que es más difícil para los adolescentes”, explica Luna.

Esta peculiar arquitectura del cerebro adolescente es la responsables de que padres y maestros a veces se desconcierten ante su comportamiento. Sin embargo, está perfectamente adaptado a explorar y asumir riesgos, algo fundamental para que se conviertan en adultos independientes.

“En todas las sociedades la adolescencia es un período de aumento de la búsqueda de sensaciones que puede conducir a conductas arriesgadas, que aumentan la tasa de mortalidad. A menudo vemos en este período los primeros signos de enfermedades mentales como la esquizofrenia, la depresión y los trastornos alimentarios. Todos ellos tienen una base neurobiológica, por lo que si sabemos cómo está cambiando el cerebro, podríamos ser capaces de encontrar una manera de intervenir antes”, opina Luna.

Búsqueda de sensaciones

Precisamente la búsqueda de sensaciones y riesgos propios de la adolescencia fue otro de los temas que se debatieron en la reunión de la Academia de Neurología Americana. Y es que los preadolescentes que experimentan o exploran cosas nuevas pueden tener un funcionamiento del cerebro diferente los que no lo hacen, sostiene el doctor Andrew Kayser, de la Universidad de California en San Francisco. Sin embargo, se ha hecho poca investigación para medir ese aumento o para mirar lo que ocurre en el cerebro durante este período, explica

“En adultos se ha empezado a mirar las diferencias individuales en la disposición a buscar nuevas experiencias, y algunos estudios han vinculado la voluntad de explorar con un área del cerebro llamada corteza prefrontal rostrolateral, que es responsable de la toma de decisiones de alto nivel”.

Y lo que ha hecho Kayser con su equipo es tratar de averiguar si esas diferencias vienen desde la adolescencia. Para ello 62 niñas entre 11 y 13 años fueron sometidas a una tarea para medir su comportamiento exploratorio. También se sometieron a resonancia magnética.

La tarea era sencilla y utilizaba un reloj. El segundero daba una vuelta completa cada cinco segundos. A las jóvenes se les dijo que podían ganar puntos deteniendo el segundero, pero tenían que averiguar en qué posiciones. Como resultado de ello, tuvieron que explorar el reloj parándolo en diferentes posiciones hasta acertar con la recompensa. Con esta sencilla tarea los investigadores las clasificaron en “exploradoras” (41) y “no exploradores” (21).

Al comparar sus resonancias identificaron una conexión más fuerte en las jóvenes etiquetadas como exploradores entre la corteza prefrontal rostrolateral y la ínsula posterior y el putamen, dos partes del cerebro sensibles al “estado del cuerpo” y ” la realización de acciones “, respectivamente. Curiosamente, la actividad en el putamen y la ínsula parecía influir en la corteza prefrontal rostrolateral, en lugar de ocurrir al revés.

“Esta investigación es fascinante porque nos podría ayudar a entender cómo la exploración puede conducir a comportamientos buenos y malosque promueven o reducen el bienestar de los adolescentes”, explica Kayser. ”Si podemos comprender mejor estas conexiones cerebrales, podremos encontrar una forma de identificar mejor a los adolescentes con mayor probabilidad de involucrarse en conductas peligrosas o de riesgo.”

Publicado en ABC.es