A pesar de la lenta utilización de nuevas tecnologías, el empleo ya muestra mermas.

Yo tengo celular, todos los tienen. Así como distintos dispositivos: computadoras, tablets, relojes y pantallas inteligentes… y el listado puede seguir.

La última estadística del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) revela que 77.7 millones de personas en México cuentan con celular y dos de cada tres usuarios tienen un teléfono inteligente. Todo concuerda con lo que vemos por la calle.

Debido al uso masivo de la tecnología, cualquier aparato deja una huella que el viento de uno nuevo borra: el dispositivo ya no importa, lo verdaderamente trascendente es la capacidad de almacenamiento que tenga en la nube (red invisible que tan indispensable se ha vuelto).

Sin embargo, no todas las áreas de trabajo cuentan con el apoyo de revolucionarias tecnologías. Una de ellas es el de la industria manufacturera. Si bien es cierto que año con año la mano de obra se ve desplazada por maquinaria, esta última no es la más avanzada. Actualmente, el sector manufacturero mueve 12 billones de dólares al año a nivel mundial. La cifra es significativa si se compara con el medio billón de dólares que se genera por el gasto publicitario global.
Se le puede atribuir con cualquier apelativo a la industria de este nuevo siglo: Cuarta revolución industrial, Internet de las cosas industriales, fábricas inteligentes, pero a nivel manufactura aún se tienen rezagos. El objetivo de los nuevos inversionistas es lograr recoger todos los datos que sean posibles, enviarlos a nube, analizarlos con inteligencia artificial y con base en el desarrollo de dichas adecuaciones, optimizar las fábricas, lograr mejores resultados, menos costos de operación y procesos más confiables.

Una de las áreas que más susceptibles son a la entrada de la tecnología es el capital humano. El uso de maquinaria sustituye la labor que hace el ser humano.

Las cifras son reveladoras:

“En 1955, General Motors empleaba a casi 600 mil personas. Hoy, en una economía mucho más grande, Google apenas emplea a 50 mil, Ebay a 20 mil y Facebook tan sólo a 6 mil. Apple, Microsoft y Amazon juntas difícilmente llegan a 100 mil empleados a nivel global, nada que ver con los años gloriosos de Ford y General Electric”

Tal transformación, llamada internet industrial, se ha topado con muchas vicisitudes. Por ejemplo, lograr adaptar dichas tecnologías a las viejas máquinas, antiguas plantas y empolvadas ideologías. Parte del reto es saber utilizar el hardware que ya tiene las empresas. La nueva maquinaria está llena de sensores y puertos de datos que normalmente se usan sólo cuando estás se construye o repara. Pese a que los sensores no fueron concebidos para recolectar datos para analizar el desempeño en tiempo real de una máquina, las mediciones indirectas de la salud de un dispositivo, como su temperatura, pueden combinarse con otros datos para permitir a los ingenieros entender mejor los aspectos de una máquina que no puede medir directamente y qué hacer para evitar que se averíe.

El reto de la adaptación no es nada sencillo: la teoría evolutiva de Darwin se mezcla con las leyes de la robótica de Isaac Asimov.

El Matrix PowerWatch, reloj inteligente con sensores ubicuos, es un ejemplo de dicha evolución y adaptación. Su fuente de energía es termoeléctrica, es decir que convierte la diferencia de temperatura que existe entre un objeto sólido y el aire que lo rodea en electricidad. Con mirar el reloj, la barra de energía crece despacio generando directamente del calor corporal hasta 200 micros vatios de energía. Es una cantidad relativamente pequeña, pero suficiente para un reloj inteligente, o para los sensores y transmisores desplegados en fábricas inteligentes.

Este dispositivo es sólo el inicio. La inversión económica y las mentes brillantes comenzarán a construir una ingeniería capaz de revolucionar la industria manufacturera. En poco tiempo podremos iniciar una cuenta de cada nueva maquinaria capaz de dejar atrás a otras. La innovación está por comenzar.

Para la reflexión quedan las palabras del periodista Pablo Majluf, cuando asegura que:

“el empleo industrial como los conocemos, como un fenómeno relativamente moderno “, quizá sí desaparezca, pero sería ridículo pensar que el hombre no hallará nuevas formas de producción, creatividad, riqueza y sustento como lo ha hecho en toda su historia”.