Una deficiencia de una sociedad en la que predomina la informalidad y el déficit de un enmarcado institucional para la conducción de los esfuerzos personales y colectivos así como de las expectativas de las personas frente a su futuro, es que se hace muy difícil establecer una cultura de gestión.

Sin embargo, en el quehacer propio de mis responsabilidades derivadas de las labores de gobierno y en mis experiencias cuando estuve a cargo de la Escuela Nacional de la Judicatura, he podido constatar que con entrenamiento, estándares, protocolos de actuación y supervisión adecuada, los dominicanos y dominicanas –tal como lo han logrado los ciudadanos de otras sociedades—somos capaces de desarrollar prácticas y rutinas continuas sometidas al rigor de la verificación de resultados, precisamente una de las dimensiones más importantes de eso que se ha dado en llamar cultura de gestión.

En múltiples instituciones públicas y privadas he encontrado una gran cantidad de jóvenes profesionales de alta calificación que desempeñan rutinas eficientes y conducen con rigor sus actividades técnicas y administrativas. De hecho soy dado a creer que por factores históricos y de percepción, la calidad de gran parte de lo que hacemos como sociedad, tiende a ser menos valorada de lo que debería.

Desde luego, no podemos afirmar que la cultura de gestión es predominante, al contrario, no hemos encontrado cómo generalizar las disciplinas necesarias para esto. Pero existe en numerosos casos y situaciones, lo que evidencia que es posible extenderla hacia todos los ámbitos de los asuntos públicos y sociales.  Esta es otra de las cuestiones claves para emprender una ruta sostenida hacia el desarrollo humano.

Necesitamos que desde la administración pública y desde el sector privado, hagamos los esfuerzos necesarios por desarrollar y expandir las destrezas y los hábitos que nos conducirán al desarrollo.

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